"¿No disponemos de suficientes ejemplos a través de nuestros hijos, de nuestros alumnos, de nuestros más jóvenes familiares, de que la obcecación por enfrentarles a un monumento textual, ajeno en el tiempo, en los temas y las formas, no suele conducir a otra cosa que a una forma de menosprecio duradero, que tiene a condicionar de por vida su predisposición a la lectura?" (Rodríguez, 72)
Rodríguez, reclama utilizar el teatro y la recreación dramática, para reavivar los textos dormidos y aparentemente extraños, incluso irrelevantes. Según él, no han existido los textos puros, y si algunos han existido algunas veces se han reinterpretado, adaptado, modificado y transformado hasta que han dicho algo a quienes debían escucharlos.
La lectura ha sido tradicionalmente realizada en voz alta hasta que San Ambrosio de Milán en el siglo IV de la era común comienza a realizar la lectura silenciosa, según San Agustín, para evitar las interrupciones de los visitantes, descansar la voz o facilitar la comprensión profunda del texto, se suele aventurar.
Cuando se lee cuentos a los niños y niñas éstos se hacen en voz alta y dramatizándolos. Si uno lo hace bien, transmite las emociones de la narración adecuadamente, los oyentes suspenden la incredulidad y viven la historia, se la creen. Y el próximo adulto que lea el cuento tendrá que recrearlo también dramáticamente, so pena de que los niños le digan: no así no es, así no se cuenta.

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