Cuando era niño solía ver, de vez en cuando, unos pequeños microbuses que llevaban libros por los barrios de Sevilla, Bibliobús los llamaban. Ni siquiera podía valorar ni positiva ni negativamente el hecho de que estuvieran allí. Era un niño de apenas diez años. Lo que no sabía era que cuando de mayor estudiara la II Guerra Mundial, aprendería que el invento de los Bibliobúses ya se usaban en esa contienda.
"¿Qué clase de supuesto poder inherente a los libros y a la lectura parece tan universalmente evidente que hasta los responsables del despliegue mantenimiento de los campos de concentración decidieron añadir una biblioteca al diseño carcelario?" (Rodriguez, 24)
Buchenwald era al mismo tiempo que un campo de concentración, un campo de reeducación Umschulugslager. Así, en la lógica del instruido aparato nazi no cabía la reeducación sin los libros y la lectura, (al menos de determinados libros y lecturas).
Un dato importante, en 1934 T. Eicke, inspector de los campos de concentración, dictó una reglamentación centralizada que obligaba, según dictaba su sección 16., a que se institucionalicen como una dependencia más, las bibliotecas en los campos de concentración. No existió durante el período nazi una política centralizada de despliegue de bibliotecas en los campos. Lo que sucedió fue, más bien, que la convicción de muchos de los comandantes de los campos de concentración, dice Rodriguez, en el poder rehabilitador de la lectura, en su capacidad para precipitar la necesaria reeducación ideológica, les llevó a aceptar su apertura.
El aprecio casi reverencial por los libros y la lectura de los nazis se tradujo en un despliegue no menos sitemático de las bibliotecas de frente, de bibliobúses móviles, que abastecían a llas tropas alemanas, allí donde se encontraran, de una relación de títulos aprobados por el ministerios de propaganda. Se calcula que en 1940, existían 27000 bibliotecas de frente con unos 8,5 millones de libros, llegando a dotar de libros hasta los submarinos de guerra alemanes.
La quema de los libros potencialmente dañinos e indeseables, entre el 10 de mayo y el 21 de junio de 1933, no significaba que los jerarcas nazis o el pueblo alemán despreciaran los libros y la lectura, antes al contrario. Alfred Rosenberg, ideólogo del nazismo, hizo una llamada nacional a empresas y familias para la donación de libros al ejército alemán en el frente. Se calcula que a finales de 1943 se habían distribuidos 75 millones de ejemplares.
Todo esto que contamos, es una parte del capítulo que comentamos del libro La furia de la lectura. Por qué seguir leyendo en el siglo XXI. Ya haremos una segunda entrega de este tema. Pero por ahora señalar que el grupo editorial mayor a nivel mundial es alemán y que los mayores ingresos por ventas fueron reportados , en el último ejercicio, por los EE.UU. de América (EE. UU.) (USD 26.8 mil millones), seguido de Alemania (USD 11.4 mil millones). ¿Qué perseguían los nazis con ese ilimitado amor por los libros y la lectura?


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