El libro Mein Kampf, llevaba por título original: Cuatro años y medio (de lucha) contra las mentiras, la estupidez y la cobardía. Su autor, que no hace falta que lo nombremos, pensaba que la lectura no era un fin en sí mismo, sino un medio para obtener algo. Más aún:
"La lectura (...) está destinada a proporcionar herramientas y materiales de construcción que el individuo necesita en los oficios de la vida, sin importar si esto sólo sirve para la forma más primitiva de ganarse la vida o representa la satisfacción de un destino superior; secundariamente debe transmitir una visión general del mundo."
Joaquín Rodriguez, en el capítulo que comentamos de su libro La furia de la lectura dice que: hay ya en sus comentarios una sospecha explícita sobre el conocimiento académico estéril que no se proyecta hacia la acción, que no tiene pretensiones de cambio e intervención, que no resulta de utilidad inmanente, y esa desconfianza se extendería, en consecuencia, a lo que él entendía por una clase intelectual parasitaria (...) (Rodriguez, 42)
Pero vamos, sin más demora, a lo que de verdad ha originado el interés por esta temática de la existencia de bibliotecas en los campos de concentración alemanes durante el gobierno nacionalsocialista a partir de 1933 hasta 1945. Que Martin Heidegger, filósofo y pensador reconocido, que llegó a conquistar a Hannah Arendt en 1924, tuviera una temprana adhesión al partido nazi. Y pensamos con Joaquín Rodriguez que cómo podemos seguir sosteniendo que la lectura por sí misma es suficiente para formar espíritus empáticos y críticos, cuando el más ilustrado de los espíritus alemanes no era otra cosa que un pensador elitista y reaccionario.
"Leer no es lo que las campañas de lectura y los eslóganes sobre su promoción pretenden inculcarnos: una senda florida que va directa del aprendizaje al deleite (...)
Nada de eso es cierto, a menos que el aprendizaje de la lectura se vea acompañado de un trabajo sistemático sobre el sentido crítico, que entraña el saber y querer desplazarnos de nuestras más inconmovibles certezas para intentar entender cómo se construyen las de los demás, y sobre el sentido ético y moral, para intentar garantizar que podamos, al menos, apaciguar a la bestia que llevamos dentro." (Rodriguez, 52)
Y si no, lo que nos queda es elegir entre Escuela o Barbarie.
Que el lector, que la lectora acuda al texto original si precisa de más conocimiento. Se sorprenderá de lo que hemos dejado en el tintero.




